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 Historia de la Hermandad

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Wallack
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Aries Gallo
Cantidad de envíos : 60

MensajeTema: Historia de la Hermandad   Vie 10 Oct 2008, 21:23

Capítulo I
La Profecía

Era una noche de tormenta. De las más frías que podía recordar el draenei Morgkhan. La fuerte lluvia que caía delante de él apenas le permitía ver lo suficiente como para esquivar los centenares de árboles que encontraba a su paso. Tarea que a cada metro era más difícil para sus mermados reflejos. Llevaba muchos días cabalgando sin apenas descanso y sus miembros entumecidos por la fatiga y el frío amenazaban con traicionarle de un momento a otro. Pero no podía desfallecer ahora. No, estando tan cerca de su destino. Sabía que no tardando mucho, en lo más profundo del bosque, encontraría la aldea. Pero el tiempo corría en su contra. Sus enemigos conocían la profecía también como él y si sus sospechas estaban en lo cierto, La Horda se encaminaba hacía el mismo objetivo. Y en ese momento, sus pensamientos se centraban exclusivamente en rezar para que no llegasen antes.

Sin embargo, las tristes alas del destino suelen aletear de forma caprichosa y esta vez, no lo hacían a favor de Morgkhan. De pronto, proveniente de la oscuridad escuchó ruido de batalla. Su oído de draenei le permitía distinguir claramente tanto los gruñidos de los orcos, como los valerosos gritos del gran Darmstadt arengando a su pueblo.

Con el corazón en un puño, el draenei espoleó su montura para acelerar aun más su carrera. Era una marcha desesperada a través de la lluvia y una terrible oscuridad que sólo se veía interrumpida de tanto en tanto por los relámpagos de la tormenta.

Tras unos minutos que le parecieron años, por fin pudo vislumbrar la luz de las antorchas y las viviendas incendiadas. Un gran dolor le recorrió el pecho al comprobar que La Horda estaba masacrando a sus amigos humanos. Estos se defendían como tigres heridos, pero la ventaja que otorga el número de tropas era demasiado grande como para enfrentarla sólo con valor.

Y fue en ese infierno donde vio por última vez a su gran compañero Jullius Delfort. El gran Damstadt arremetía contra la horda y las estocada de su espada terminaban con una cabeza de orco rodando por el suelo. Sin embargo, por cada enemigo abatido, tres más se lanzaban contra él. Morgkhan intentó enviarle un hechizo de curación desde la distancia. Demasiado tarde. Un destacamento de elfos de sangre se había encaramado sobre el tejado de la herrería y descargaron una mortal ráfaga de flechas que alcanzaron a Jullius y a algún que otro orco que se encontraba cerca del objetivo. Pero así es la Horda, no les importa arriesgarse a matar compañeros con tal de acabar con su enemigo. Definitivamente esos engendros del mal carecen de honor.

¿Es así como acaba todo?, pensó Morgkhan.¿Acaso interpreté mal la profecía? Se suponía que esta noche, en este mismo lugar, un gran Darmstadt se erigiría como el lider que conduciría a su clan hacía la victoria contra la horda.

Ya daba igual. La ira se apoderó de él y sólo quería vengar a los caídos en aquella cruel e injusta batalla. Se dispuso a cargar contra los elfos de sangre que acabaron con la vida de Jullius. Allí estaban, riéndose al lado de su cadaver y haciendo muecas burlonas que simulaban un gran pesar.

Pero algo totalmente inesperado a estas alturas impidió que el ataque del valiente draenei se produjese. Sobre el cielo, brillando con cegadora luz dorada, un enorme sol irrumpió en el firmamento atemorizando a la horda a la vez que el corazón de Morgkhan se llenaba de esperanza.

¡El Sol de Medianoche! ¡La Profecía era cierta! Pero, no es posible. ¡El Darmstadt está muerto!

El nerviosismo empezó a florecer en el seno de los guerreros de la horda. Se miraban unos a otros buscando una explicación que nadie era capaz de dar. Mientras tanto, el llanto de un niño empezó a oírse no muy lejos de allí. Y Morgkhan comenzó a comprender.

Veloz como una pantera, se aproximó hacía un pequeño recoveco entre árboles donde encontró a una temblorosa mujer con un recién nacido entre los brazos.
Era Selena, la mujer de su amigo Jullius Delftort. Estaba herida y sangraba abundantemente. El draenei no podía hacer nada por ella. Sólo contemplaba emocionado como aquella muchacha de apenas 18 años sabía que iba a morir e intentaba decirle algo entre balbuceos y espasmos:

- su padre ... quería llamarle... Jack. Ponle ... a salvo... Morgkh...

Ya no podía escucharle, al menos no desde este mundo, pero tras coger al niño y cerrar los ojos de la mujer, prometió que lo salvaría o moriría en el intento.

A punto estuvo de ser lo segundo, ya que su presencia acababa de ser detectada por un tauren cazador que dio la voz de alarma.

- ¡Draenei entre los árboles! –

Puede que le hubieran descubierto, pero otra cosa muy distinta era atraparle. Saltó sobre su montura y cargó contra los primeros enemigos que intentaban sitiarle, dejando en cada uno de ellos un bonito recuerdo en forma de herida envenenada.

Estaba cansado, sentía dolor por la pérdida de sus seres queridos, odiaba a la horda y sobre todo tenía una nueva misión que cumplir. Así que un puñado de malolientes hordas no iba a frenar su avance costase lo que costase.

Y mientras huía sujetando con un brazo al joven Jack, el Sol de Medianoche desapareció dejando paso, nuevamente, a la oscuridad.
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